El Diario Geek

Esclavos del ‘me gusta’, una crítica a los usuarios de las redes sociales

¿Usas Instagram? ¿Facebook? Si es así, te voy a pedir que lo abras en este momento y eches un vistazo a lo que ves en tu timeline. Posiblemente te encuentres con cientos y cientos de fotos y vídeos de gente feliz, viviendo la vida y pasándoselo bomba mientras sale de fiesta, toma el sol en una playa con el agua perfectamente cristalina y se bebe el mejor cocktail del mundo.

Mientras tanto, tú miras dentro de ti y piensas que, a su lado, tu vida es más que aburrida. Es una basura. No tiene emociones, no vives tantos momentos divertidos, felices, chachipistachi y maravillosos como esas personas que, con miles de seguidores a sus espaldas, parecen vivir en una especie de ‘Mundo de Yupi’ en el que todo es genial, en el que la vida es guay, siempre tenemos una sonrisa y no tenemos problemas personales o laborales. La vida en las redes es la polla en vinagre. Y siento ser yo el que lo diga, pero no es así.

Lo que ves en redes es todo fachada. Los usuarios comparten –o, más bien, compartimos- lo que queremos que otras personas vean. Somos un personaje, un reflejo de nosotros mismos, una especie de ser ficticio que nos hemos inventado y desde el que proyectamos algo que no somos, pero que nos gustaría ser. Somos unos hipócritas, y aunque nos duela, desafortunadamente nos encanta.

Lo que vais a leer es mi opinión personal sobre este tema. Puede que se generalice y se hable de una forma un tanto grosera y grotesca. Puede que no coincidáis con con lo aquí expuesto, y lo respeto. Os pido lo mismo.

Mi dosis diaria de aprobación en forma de likes

Imagen de http://kernelmag.dailydot.com

Abraham Maslow, que era un tipo realmente listo, se sacó de la manga la que todos conocemos como ‘Pirámide de Maslow’, en la que este caballero recogía las necesidades básicas de todo ser humano, empezando por el alimento y terminando con la autorrealización y el reconocimiento. Entre estas necesidades, una de las más importantes es la de ser aceptado en un grupo, y eso, que nos puede parecer algo teórico y aburrido, tiene mucho que ver con lo que hacemos y percibimos en redes sociales.

El ser humano es un ser social, un ser que necesita vivir en manada y sentirse aceptado como parte de un ente mayor. Tendemos a juntarnos con otras personas con las que somos afines, y nos unimos bajo una bandera, un himno o una ideología, o incluso a escalas menores nos agrupamos con personas del mismo equipo de fútbol y gente con nuestras mismas aficiones. Sea como sea, tenemos la necesidad de sentirnos integrados dentro de una manada, de un grupo, y cuando eso no pasa nos sentimos excluidos, solos, aislados.

Con las redes sociales, este problema se multiplica exponencialmente, puesto que su mayor virtud (la interconexión entre personas de todo el mundo) es, a su vez, su peor arma contra nosotros mismos. Ahora no tenemos manada, ahora “no” nos unimos a otros grupos locales y cercanos. Ahora nos vemos inmersos en una aldea global en la que los likes, los retweets, los favoritos y los followers dictan cuán aceptados somos. ¿Y qué ocurre cuando esas pequeñas dosis de aprobación camufladas en líneas de código no nos llegan? Que nos sentimos mal. Y eso nos pasa factura.

Imagina que subes la que para ti es tu mejor foto a Instagram. Pasan las horas, y con 1.000 o 2.000 seguidores la foto solo recibe 20 o 30 likes. Ahora abandona todo egocentrismo y sé sincero contigo mismo: ¿cómo te sientes? Desde luego bien no vas a sentirte, porque tu obra magna ha sido pisoteada en toda regla en las redes sociales. Se ha convertido en un JPEG más de los miles y miles que se suben a la red social cada segundo. Tú foto se ha convertido en una gota de agua que ha caído en el Océano Pacífico. Te sientes mal, actualizas cada segundo la pestaña de notificaciones con la esperanza de que algún amigo la vea y le de ‘me gusta’, que le haga retweet, que lo comparta y comente, en definitiva, que te dé su aprobación. Pero no eso no llega.

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¿Y cómo actúas de forma instintiva? Huyendo. Borras la imagen, le pones mejores filtros y te comes la cabeza buscando los hashtags que mejor combinen con la foto que estás subiendo. Y ahora sí. 300 o 400 likes, amigos que comentan, dos o tres nuevos followersAhora sí estás contento, te sientes bien, te sientes fuerte, te sientes aceptado, y eso te mete un chute de felicidad que, aunque te dura 10 segundos, son los mejores 10 segundos de tu vida. ¿O es que nunca has sentido esa emoción cuando una foto o un vídeo tiene más likes de lo que esperabas? ¿Crees que es casualidad? No, querido, no es casualidad.

Varios estudios científicos han demostrado que las interacciones de otros usuarios hacia nosotros generan dopamina, que es la hormona que nos hace sentir felices. A más likes, mayor producción de dopamina y, por tanto, mayor felicidad. Los efectos de la falta de estímulos en la producción de dopamina los podéis extraer vosotros sin demasiado esfuerzo, ¿verdad?

Por no hablar de esa necesidad imperiosa de mantener nuestras redes actualizadas, de estar a la moda, de ser activos, de que se vea que estamos haciendo cosas -sean o no interesantes-, pero eso es otro tema que se abordará en otro artículo. Sigamos.

No olvides mostrarle al mundo lo bien que te lo estás pasando

Imagen de http://www.idownloadblog.com

Si tuviera un auditorio con todos los usuarios de Instagram o Facebook escuchándome solo les haría una pregunta: ¿Por qué hacéis lo que hacéis, para disfrutar o para tener una nueva foto que subir a las Stories? Posiblemente todos responderían que para disfrutar, pero dime tú qué cojones estás disfrutando cuando estás en un puñetero concierto y te preocupa más que el vídeo de Instagram se vea bien en lugar de disfrutar de ese cantante al que tantas ganas tenías de ver.

Volvemos a lo mismo: necesitamos que la gente nos apruebe, que nos acepte y nos haga parte de su manada global, y para eso tenemos que ser como ellos. Si la gente a la que sigo, la gente con muchos seguidores, la gente que de verdad reparte el bacalao en redes sube fotos y videos de su vida, yo también voy a hacerlo. Si a ellos les funciona la técnica de sonreír en todas las fotos y estar siempre contentos, yo, que quiero ser también importante y que me hagan casito, voy a hacerlo también.

A las personas no les gusta la gente triste, la gente aburrida, la gente que llora, la gente que tiene una pena. Por eso, directamente, omitimos esa faceta en nuestras redes sociales. Por eso nunca, repito, nunca, en tu puta vida, vas a subir una foto en la que salgas llorando o quejándote de lo mal que te tratan en el trabajo o de lo mal que te va la carrera. No, buscarás y buscarás en la galería esperando encontrar una foto tuya en la playa, cuando todo iba bien, y la subirás con alguna frase de autoayuda que te ayuda a autoconvencerte de que todo va fantástico. Pero no, por dentro estás mal y, de nuevo, tu instinto animal te lleva a refugiarte en la manada, en el grupo, y por Dios, ojalá tengas los suficientes likes para llenar tu falta de amor y aceptación, porque entonces el bucle se expandirá hasta el infinito.

Queremos mostrarnos felices, joviales, llenos de vida. Queremos mostrarnos como el tipo de persona a la que de verdad aceptarías tú en tu propio grupo. En ese sentido, Grouxo Marx tenía razón cuando dijo que no pertenecería a ningún club en el que aceptasen personas como él, porque a nadie le gustan los hipócritas, y nosotros estamos llenos de hipocresía y falsedad. Seguramente se muera tu abuela y lo primero que hagas sea subir una foto suya a Instagram con la esperanza de que te comenten que lo sienten mucho y te sientas arropado y querido. ¿Pero cuántas de esas personas han ido a abrazarte por tu pérdida? Cero, cero patatero, pero ahí están nuestros seguidores de mentira para darnos su ciberamor.

El que no está en redes es un rarito autista

Y, posiblemente, sea más feliz que tú, que tú y que tu amigo Paco, el del pueblo. La presión social que se ejerce sobre las personas con respecto a la presencia en redes sociales roza lo absurdo y lo enfermizo. ¿No tienes Facebook? Pues no tienes amigos. ¿No tienes Twitter? No estás informado. ¿No estás en Instagram? Eres un abuelo. ¿No tienes WhatsApp? No te comunicas.

¿Qué necesidad tengo yo de estar en Facebook, Twitter o Instagram si lo último que me apetece es verle la cara de falsa felicidad a esos “amigos” a los que llevo meses o años sin ver? Pues oye, me parece del carajo que la gente no quiera tener presencia en redes sociales. Tengo amigos que no tienen y no veo que le hayan quitado el derecho a voto; al contrario, los veo felices y despreocupados de esos problemas estúpidos que a todos nos comen la cabeza: 10 seguidores han dejado de seguirme, un amigo se ha enfadado por algo que he puesto en Facebook, me han dejado en visto… Pensadlo fríamente: ¿merece la pena?

¿Y entonces por qué tú o El Diario Geek tiene redes sociales?

Porque me parece que, bien usadas, las redes sociales tienen un gran potencial. Facebook te permite estar en contacto con gente de lejos, compartir información con tus amigos e incluso opinar de forma libre sobre cualquier tema (aunque Facebook, su algoritmo y nuestros propios contactos ejerzan cierto poder coercitivo en algunos momentos). Twitter te permite estar al tanto (que no informado, en mi opinión) de absolutamente todo lo que pasa en el mundo de forma casi instantánea, y es una de las pocas redes sociales que no ha sucumbido a los algoritmos de filtrado como sí lo han hecho Facebook e Instagram. Instagram… pues mira, la verdad que no lo sé, porque me parece una red social absurda que se ha alejado mucho de lo que era: una red social de fotografía, no un mirror de musical.ly. No lo olvidéis.

Pienso que las redes sociales pueden llevar a la sociedad al siguiente nivel, porque estamos hablando de una comunicación instantánea en la que un simple tuit puede hundir a un político corrupto, en la que nos es posible criticar lo que no nos gusta y alabar lo que sí, en la que por fin todas las personas tienen su espacio para hablar frente al mundo, lo que hasta su llegada estaba restringido a ciertas élites. Las redes, como todo en esta vida, son maravillosas si se usan como se deben usar. El problema viene cuando intentamos que esas redes sociales sean nuestro trampolín hacia la aceptación.

No olvidemos para qué sirven las redes sociales. No olvidemos que el día que Twitter o Facebook digan ‘Se acabó’ todos esas K que hay en tu cifra de seguidores no valdrán para absolutamente nada. No olvidéis que la gente nos acepta por lo que somos y no por lo que aparentamos, y no olvidéis preguntaros que si el mundo fuera ciego, ¿a cuántas personas agradaríais?

Nota del autor: no generalicéis, niños, que está feo.

Jose García Nieto

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