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El valle inquietante, o por qué nos asustan los robots que se parecen a nosotros

Si estás atento a la actualidad de la tecnología y la robótica sabrás que, desde hace unos años hasta ahora, se han ido desarrollando robots cuya apariencia humanoide roza la perfección. Sophia, un robot japonés, eso uno (o más bien, una) de las que más ruido han hecho debido a su clarísima apariencia humana y a que es capaz de mantener una conversación de forma fluída con cualquier ser humano. Tanto es así que llega hasta a darnos miedo, causándonos incluso cierto rechazo. Eso tiene un nombre: el valle inquietante.

El valle inquietante es una hipótesis desarrollada por Masahiro Mori que afirma que, cuando las réplicas (robots en este caso) antropomórficas* se asemejan demasiado a la apariencia y comportamiento de un ser humano real, causan una reacción de rechazo o repudio entre los observadores humanos. En pocas palabras: cuanto más se parece un robot a nosotros, más rechazo nos produce.

* Antropormofirmo: atribución de características y cualidades humanas a otros animales, seres u objetos.

Los robots molan hasta que empiezan a parecerse demasiado a nosotros

Sophia es uno de los robots humanoides más famosos, y se encuentra muy cerca del valle inquietante

Según Mori, conforme los robots se van haciendo más y más humanos más simpatía sentimos hacia ellos, o en términos más específicos, mejor respuesta emocional nos producen. Un robot que se parezca mucho a nosotros, como es el caso de Sophia, empieza agradándonos y consiguiendo cierta empatía por nuestra parte. Sin embargo, conforme el parecido se va haciendo más y más real a nosotros, empieza a dejar de gustarnos.

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Cuando ese parecido cruza determinado punto la respuesta agradable empieza a convertirse en rechazo. Sin embargo, si esta apariencia evoluciona haciéndose menos distinguible de la del ser humano, la respuesta emocional se recupera y se vuelve positiva de nuevo, llegando a aproximarse a los niveles de empatía que se producen entre dos humanos. Es decir, un robot humanoide, al que se le puedan distinguir rasgos de robot, nos causa rechazo, pero un robot que no podamos distinguir de un humano no solo no causa rechazo, sino que consigue nuestra casi máxima empatía.

Cuando un robot se parece demasiado a nosotros nos genera un rechazo similar a un cadáver o un muerto viviente

Si ponemos en una gráfica las variables “familiaridad” y “parecido humano”, podemos observar que, conforme más nos acercamos al parecido humano, menos familiaridad nos produce. Llega un punto en que el parecido humano nos causa una familiaridad negativa (que se entiende como “rechazo”), que se ve agravada por el movimiento del robot. Un robot que se mueve y se parece mucho a nosotros nos produce más rechazo que uno estático, por eso un robot estático nos causa el rechazo de un cadáver y un robot en movimiento el de un muerto viviente.

Sin embargo, conforme esa apariencia mejora y el robot empieza a parecerse más y más a nosotros, la respuesta emocional vuelve a hacerse positiva, causándonos la misma empatía que nos puede causa un ser humano sano (o más bien, según Mori, el concepto idealizado de la imagen que tenemos de un ser humano sano). Ese bache, esa curva, ese valle que aparece en la gráfica es lo que se conoce como “valle inquietante” o “valle inexplicable”.

¿A qué se debe este valle inquietante?

No se sabe, por desgracia. Hay varias hipótesis que intentan explicar el motivo por el que un robot humanoide nos produce rechazo y un robot perfectamente similar a un humano no. La más aceptada es la teoría que dice que si una entidad es bastante diferente al humano, sus características humanas se verán más resaltadas y generarán empatía. Es como cuando ves a esos robots japoneses de color blanco que se mueven, sonríen y saltan. Los ves, te recuerdan a un ser humano pero no se parecen en nada. Esos rasgos humanos, como la sonrisa o los gestos, te resultan agradables y te provocan cercanía.

Sin embargo, según la misma teoría, si la entidad es casi humana resaltarán sus cualidades no humanas (en el caso de un robot la inmortalidad, la capacidad se ser sustituido, la reparabilidad…), generando en los humanos un sentimiento de extrañeza, que se traduce en rechazo.

Otra hipótesis es que los robots muestran rasgos que los seres humanos asociamos a la enfermedad o la muerte, como es el caso de la torpeza al andar. Los robots andan, pero todavía no lo hacen como nosotros. Esa desincronización motriz es un indicativo de enfermedad o desórdenes mentales en los seres humanos, lo que evoca sentimientos negativos y, por tanto, rechazo.

El hecho de que los robots puedan parecer torpes nos genera rechazo porque eso se asocia a enfermedades o desórdenes mentales

Sin embargo, la que a mí más me gusta es la justificación religiosa y psicológica. Los seres humanos tenemos una concepción de singularidad humana, sobre todo aquellos que nos hemos criado en Occidente y Oriente Medio, debido a la influencia de las religiones abrahámicas. La mera existencia de entidades artificiales de parecido humano es visto por muchas personas como una amenaza al concepto de identidad humana, lo que genera rechazo inmediato.

Según el psiquiatra Irvin Yalom, los seres humanos construímos defensas psicológicas para evitar la ansiedad existencial de la muerte. La más conocida es el “especialismo”, que es la creencia de que el envejecimiento y la muerte se aplican a todas las personas menos a uno mismo (“todos mueren, pero yo no voy a morir”, básicamente). Un robot muy parecido a un humano choca directamente con esa creencia, puesto que nos genera una sensación que él tampoco ni morirá ni envejecerá, lo que nos genera ansiedad existencial. Fïjate, así de idiotas somos.

¿Podemos aplicar esta teoría a los humanos?

Seguramente os suene este nombre: Neil Harbisson. Se trata de un artista vanguardista y activista cíborg que, para no enrollarme mucho, se ha colocado una antena en la cabeza que le permite ver los colores invisibles (como infrarrojos y ultravioletas) así como recibir imágenes, videos, música o llamadas telefónicas directamente a su cabeza. Un show, vaya. La pregunta es: ¿podemos aplicar la teoría del valle inquietante a estos humanos cíborg?

Al fin y al cabo, estos parecen ser el siguiente paso en la evolución humana, una evolución que pasa por la modificación corporal con el objetivo de mejorar nuestras habilidades corporales con, qué te digo yo, visión nocturna, más fuerza, telepatía o vete a saber. ¿Hay un valle inquietante en la aceptación de estos humanos modificados? Pues parece que sí.

Según Jamais Cascio, un escritor ético-futurista, mientras estas mejoras se mantengan dentro de “una norma percibida como normal” en el comportamiento humano es poco probable que se produzca el rechazo. Es decir, es más probable que nos cause más rechazo un ser humano modificado con tres brazos, tres ojos o una antena que una persona que tiene un chip impercetible donde almacenar todos sus recuerdos. ¿Por qué? Porque hay gente que tiene mucha memoria, y el hecho de que alguien recuerde muchas cosas nos parece normal, por lo que una modificación en ese sentido no nos generará repulsión. ¿Cuántas personas conoces con tres brazos? Pues eso.

Jose García Nieto

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